
¿Quién no ha querido tener un caballito de juguete? el que más o el que menos ha cogido una escoba y la ha convertido en el más veloz de los corceles; pues eso hemos hecho esta vez: un precioso caballo negro de tierna mirada.

Un buen día, estaba mi hija de cinco años ojeando uno de sus cuentos, y hubo algo que le fascinó: los protagonistas de la historia hacían un caballo con un calcetín viejo y un palo.
Al instante, me preguntó si teníamos lo necesario para hacer uno como el del dibujo. Ella quería su caballito.

Buscando, buscando,... dimos con un calcetín solitario en el fondo del cajón del papi, una caña que había limpiado el abuelo, un par de retales, lana, guata para el relleno y dos botones grandotes.

Nos pusimos manos a la obra. Cosimos los botones y mi hija rellenó el calcetín; atamos el extremo abierto del calcetín a la caña con un trozo de lana; solo quedaba coser las orejas y anudar las crines.

Nuestro corcel estaba terminado.

Y con un poco de imaginación, viajamos hasta el lejano oeste para que la gran jefa cheyenne recorriese las montañas en su caballo.